
Érase una vez dos amiguitos que tenían varias cosas en común: trabajaban juntos, les gustaba la música, tocaban en una banda de música y les gustaba viajar en moto.
Un día estos amiguitos, Joan y Ramón, salieron a pasear con sus corceles de hierro. Tomaron la decisión de dar una vuelta algo más amplia, pues hacía una muy buena tarde de primavera.
Dicho y hecho. Tomaron la A-23 hasta Torres Torres, dónde cogieron la CV-310. Subieron las rampas del puerto del Oronet, dejando a un lado la subida a el Garbí para otra ocasión. Pasaron por la localidad de Serra y se dirigieron hacia la localidad de Náquera. Una vez allí decidieron partir hacia la localidad de Massamagrell.

Fue entonces cuando, a mitad de carretera, un coche que venía les hizo algún tipo de señales encendiendo y apagando las luces. Nuestros amiguitos no entendían nada: "Quizás no se ha enterado que las motocicletas tienen que circular con la luz encendida" pensaba Ramón.
Pero entonces, acechando tras una curva y agazapado en una rotonda lo vieron... Era un control de la Guardia Civil...
Demasiado tarde para hacer marcha atrás...
No queda más remedio que afrontar el peligro...
Ramón bajó la velocidad de su corcel, subió la mentonera de su casco, colocó los intermitentes de avería y muy gentilmente se dirigió a uno de los dos agentes diciendo: "Buenas tardes agente, ¿pasa algo?.
El agente más cercano no dijo nada, pero su compañera que se encontraba al otro lado levantando una mano amenazadora dijo:
"Alto, deténgase..."
"No usted, no... Puede continuar" fueron sus palabras, mientras seguía con la mano levantada.
Cuando Ramón inició la marcha le pareció ver que la persona que había caído en sus garras era un pobre repartidor que iba en una furgoneta detrás de ellos, pero, unos metros más adelante observó que Joan no le seguía...
Rápidamente, paró en un lugar seguro y miró hacia el control. Allí estaba Joan... había caído víctima de los agentes de la Guardia Civil.
5 minutos más tarde (que parecieron 5 horas). Joan pudo continuar la marcha. Por suerte era un control de rutina y no había pasado nada.
Tan sólo se puso nervioso para encontrar la documentación y su moto, un poco bromista, no le advirtió que se encontraba debajo del asiento. Cuando Joan cayó en la cuenta intentó levantar el asiento, pero este no se abría...
El Guardia Civil se acercó y le dijo: "Será mejor que lo intentes con la llave. Sin ella vas a romper la cerradura".
"Menos mal", penso Joan. Es un agente que está de buen humor.
Una vez acabado el Control continuamos nuestro viaje y paramos a tomar un café en Algar de Palancia. Allí Joan reconoció que era la primera vez en muchísimos años que un control le tocaba a él.
Joan y Ramón ya tienen algo más que contar a sus nietos...
Y, colorín, colorado este cuento se ha acabado.